miércoles, 29 de junio de 2011

II.A- El día más largo

      Si de algo me arrepentí durante nuestra travesía nórdica fue de no haber llevado un diccionario de sinónimos: el segundo día ya me había quedado sin adjetivos para describir lo que ante mí se desencadenaba. Después de una aproximación inocua y un tanto fláccida a la capital, el día siguiente nos trajo, al fin, lo que habíamos ido a buscar, nos enseñó lo que este país es capaz de hacerle a tus pupilas, algo a medio camino entre un chupito de ácido lisérgico y un lametazo a un sapo amazónico. 




      Habíamos leído, y mucho, acerca del Flamsbana, el tren verde de madera estilo Hogwarts que une las localidades de Myrdal, a 860 metros sobre el nivel del mar, y Flam, uno de los puntos fundamentales de llegada y salida de los ferris turísticos que recorren diariamente el Songefjord, el fiordo de los sueños. Pero nada nos había preparado para el viaje en tren desde Oslo hasta Myrdal, prácticamente un paseo en vía de hierro por las páginas de un folleto turístico. A cada traqueteo una foto increíble mientras el tren iba subiendo parsimoniosa, majestuosamente hasta Haugastol y Finse, para luego descender un poquito camino de Myrdal. Una delicia, cuatro horas y media de boquiabierta pasión fotográfica. Muy recomendable y un poco también lo siguiente. Pero vamos con el meollo.

Jueves 12 de Mayo: Oslo-Myrdal-Flam-Gudvangen (Parte I)

      Madrugamos un poquito y a las 8 de la mañana ya estábamos montados en el tren de la NSB que nos habría de llevar hasta Myrdal. Los billetes los habíamos comprado desde España, una acción que nos ahorró unos eurillos ya que, comprados con antelación, muchos billetes vienen con descuento. Es lo que en Noruega se llama el minipris, una de las palabras más bonitas que aprendimos esa semana, y que en traducción chapucera vendría a ser el bajoprecio. Pese a que la compra la puedes realizar desde casa, el billete físico tienes que sacarlo allí. Hay unas máquinas expendedoras muy majas repartidas por toda la estación de Oslo que te ayudan a conseguir tu billete, introduciendo el número de referencia que te dan al comprarlo, pero con nosotros no quisieron funcionar, o yo no supe extraerles el juguillo, así que tuve que entenderme en mi inglés de segundo de BUP con un tipo de uniforme en una oficina: no resultó demasiado problemático. Creo.

      El trayecto dura unas cuatro horas y media, hasta Myrdal, aunque el tren realiza una parada técnica, casi al final, para que puedas salir un cuarto de hora a respirar y a machacar la cámara de tanto clic. El paisaje, simplemente, perfecto: lagos helados, nieves perennes, bloques de hielo del tamaño del Molinón. Y, hablando del Sporting -brevemente, un pequeño offtopic, luego en otra entrada posterior, cuando hablemos de Hellesylt, me extenderé más- una pequeña comezón de intranquilidad se iba abriendo paso por mis adentros a medida que se acercaba el sábado, día del partido crucial por la salvación entre el Sporting y el Racing, es decir, entre mi equipo y el de mi querida compañera sin par y a la vez fotógrafa. Así que cuando llegamos a la estación de Gol, y lo anunciaron en la pantalla del vagón, casi salto del tren en marcha de la alegría.  



Tonterías al margen, llegamos a Myrdal pasadas las 12 de la mañana. Hacía un día espectacular, con el cielo azul intenso y el aire frío de la montaña. El tema del viaje desde Myrdal hasta Flam fue, desde el principio de nuestros preparativos, cuestión de debate. Pese a que la lógica invitaba a cumplir la distancia en tren, en el Flamsbana, considerado por muchos el trayecto en tren más bonito del mundo, habíamos leído en algún blog y en algún foro sobre gente que lo hacía en bici. Nosotros quisimos ir un poco más allá y decidimos que, si hacía sol, iríamos a pié, quizá no los 21 kilómetros pero todo lo que aguantara el cuerpo, sobre todo el mío, nada dado a los excesos deportivos ni a las largas caminatas. Pese a que los dos primeros kilómetros fueron un poco peligrosos, por la nieve, y pensamos en dar la vuelta más de una vez, creo que fue la mejor decisión que tomamos en toda la semana: un viaje para recordar.





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