Si de algo me arrepentí durante nuestra travesía nórdica fue de no haber llevado un diccionario de sinónimos: el segundo día ya me había quedado sin adjetivos para describir lo que ante mí se desencadenaba. Después de una aproximación inocua y un tanto fláccida a la capital, el día siguiente nos trajo, al fin, lo que habíamos ido a buscar, nos enseñó lo que este país es capaz de hacerle a tus pupilas, algo a medio camino entre un chupito de ácido lisérgico y un lametazo a un sapo amazónico.
Jueves 12 de Mayo: Oslo-Myrdal-Flam-Gudvangen (Parte I)
El trayecto dura unas cuatro horas y media, hasta Myrdal, aunque el tren realiza una parada técnica, casi al final, para que puedas salir un cuarto de hora a respirar y a machacar la cámara de tanto clic. El paisaje, simplemente, perfecto: lagos helados, nieves perennes, bloques de hielo del tamaño del Molinón. Y, hablando del Sporting -brevemente, un pequeño offtopic, luego en otra entrada posterior, cuando hablemos de Hellesylt, me extenderé más- una pequeña comezón de intranquilidad se iba abriendo paso por mis adentros a medida que se acercaba el sábado, día del partido crucial por la salvación entre el Sporting y el Racing, es decir, entre mi equipo y el de mi querida compañera sin par y a la vez fotógrafa. Así que cuando llegamos a la estación de Gol, y lo anunciaron en la pantalla del vagón, casi salto del tren en marcha de la alegría.
Tonterías al margen, llegamos a Myrdal pasadas las 12 de la mañana. Hacía un día espectacular, con el cielo azul intenso y el aire frío de la montaña. El tema del viaje desde Myrdal hasta Flam fue, desde el principio de nuestros preparativos, cuestión de debate. Pese a que la lógica invitaba a cumplir la distancia en tren, en el Flamsbana, considerado por muchos el trayecto en tren más bonito del mundo, habíamos leído en algún blog y en algún foro sobre gente que lo hacía en bici. Nosotros quisimos ir un poco más allá y decidimos que, si hacía sol, iríamos a pié, quizá no los 21 kilómetros pero todo lo que aguantara el cuerpo, sobre todo el mío, nada dado a los excesos deportivos ni a las largas caminatas. Pese a que los dos primeros kilómetros fueron un poco peligrosos, por la nieve, y pensamos en dar la vuelta más de una vez, creo que fue la mejor decisión que tomamos en toda la semana: un viaje para recordar.
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