martes, 28 de junio de 2011

II.B- El día más largo

Jueves 12 de Mayo: Oslo-Myrdal-Flam-Gudvangen (Parte 2)


      Al pié de la estación de Myrdal, semioculto por una valla, comienza el camino que baja hasta Flam y que es parte de la  Rallarvegen, o ruta de los camineros, uno de los destinos ciclistas más concurridos de Noruega, una carretera rompepiernas que se retuerce en busca del fiordo de los sueños durante 57 kilómetros. Nosotros nos enfrentamos a la parte final, a los últimos 21 kilómetros. Para empezar el camino es necesario llegar hasta el final del andén y cruzar las vías por un estrecho paso pedestre no señalizado después del cual te encuentras la señal que se ve en la foto. 


         Como ya dije más arriba, los dos primeros kilómetros nos parecieron un poquito peligrosos -hay que reconocer que, urbanitas hasta el desmayo, cualquier puñado de nieve nos parece un alud- y, si no hubiéramos encontrado unas huellas de algún caminante previo, habríamos dado marcha atrás para sentarnos en el tren como niños buenos. Sin embargo, no era momento para cobardes, nos amarramos a las mochilas y susurramos: ¨quién dijo hielo¨. Pasada la zona nevada, empezaron a surgir las cascadas del deshielo fluyendo por todas partes mientras que del precipicio de arboledas y pedruscos nos separaba apenas una barandilla herrumbrosa de obvia fragilidad en la que acordamos no apoyarnos, por si las cesiones. 


      Fue aquí cuando, después de abrazarnos por lo héroes que habíamos sido al atravesar tanto peligro deslizante, nos encontramos con una pareja británica (eso me parecieron, británicos, bajo sus cascos) que subían ¡en bici!, lo que dejaba nuestra heroicidad previa en absurdo paseo sin sentido. Sin pensarlo mucho les di el alto para avisarles del aluvión de nieve que se les avecinaba y, aunque me miraron como quien dice: pringado, mascullaron un agradecimiento antes de lanzarse hacia la siguiente rampa. 







Entre el quinto y el sexto kilómetro el descenso se suaviza abruptamente coincidiendo con la llegada del pronunciado valle que desemboca, al cabo, en Flam. Aquí empezaron a hacer mella en mí la ausencia total de entrenamiento y de paciencia, aunque entre el chocolate y el paisaje era imposible arredrarse o venirse abajo. El corazón pedía continuar, siempre un pasito más bordeando el tormentoso río de las nieves. 



      Me encantaría contar que terminamos, que llegamos a Flam sin novedades, pero era solo el segundo día de viaje y aún quedaban muchos caminos por recorrer así que la prudencia se hizo inevitable. En Berekvan, más allá de la mitad del recorrido, nos detuvimos a disfrutar de un delicioso descanso de 45 minutos mientras esperábamos el siguiente tren. Otra decisión sabia fruto del consenso y por 15 euros nos plantamos, al fin, en Flam, cinco minutos antes de las cinco de la tarde, como si hubieran pasado años desde el desayuno en un hostal de Oslo y tanto, pero tanto aún por vivir. 





















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